La historia de los inicios del movimiento pangermánico, basado en un concepto de pureza racial y un destino profetizado por un hombre de poca educación y pobre desempeño académico—que fue demasiado crédulo sobre un pasado idílico creado por visionarios que dependían de un antagonista vil para concretizar sus sueños—no estuvo limitado a la nación prusiana y al Imperio Austriaco que colindaba sus fronteras. El sueño con un mundo de raza uniforme, perfecto gobierno, poderosa y legendaria herencia arcana se extiende no solo por Europa en pleno dominio cristiano, sino también por las naciones americanas que tenían historia de segregación racial. De hecho, la discriminación no existía solo contra los negros, pues también contra los indios, mestizos, asiáticos, y todo grupo no caucásico que se encontrara en su entorno de vida. Algunos grupos también discriminaban únicamente por el aspecto físico, sino que también exigían prueba de linaje remontando hacia por lo menos cuatro generaciones atrás para confirmar la pureza racial.
Varios autores latinos escribieron obras como críticas a este sistema silente pero imperante de status social medido por raza, incluyendo la famosa obra de teatro del puertorriqueño Alejandro Tapia y Rivera, La Cuarterona, en la que un amor verdadero es destruido por el discrimen no solo racial, sino también de procedencia. Mientras cualquiera puede disfrutar de las óperas germánicas épicas de Wagner, obras como La Cuarterona nos demuestran que nuestra ignorancia no es excusa para nuestras decisiones para perpetuar lo inaceptable. Eso nos cuesta casi todo durante la Segunda Guerra Mundial pero no fue solo por el discrimen, también por la avaricia sin límites del adinerado.
Comencemos con el inicio del Nationale Sozialistische Deutsche Arbeiter Partei, mejor conocido por el Partido Nazi o NSDAP, como algunos grupos extremistas prefieren referirse a su punto de origen. El Partido Nazi tiene sus inicios en una cervecería[1] con un grupo de descontentos políticos que soñaban con una Alemania más fuerte por encima de otras naciones y marcada por una definitiva imagen racial que para ellos había sido manchada por “razas inferiores.” Inspirados por las obras de místicos y autonombrados expertos como Joris Lanz, Guido von List, Helena Petrovna Blavatsky, entre otros, el grupo de fracasados profesionales se reinventaron a sí mismos como héroes y redentores anunciados en una profecía mística con una misión de elevar a Alemania por encima de todo (“Deutschland über alles”). El movimiento cogió auge rápidamente a pesar de ser poco estimado por otros partidos políticos del gobierno de la República Weimar, donde se origina.
El éxito de la filosofía nazi no pudo surgir sin otros detonantes sociales, entre ellos la Gran Depresión de 1930, evento cuyo impactó no se limitó a la economía de Estados Unidos, sino que fue un cataclismo social que tuvo repercusiones en el desarrollo del mundo y en la sociedad global de la época. Las naciones europeas se enfrentaron a calamidades internas a causa de una debacle financiera propiciada por banqueros y por la élite socioeconómica, que creía que el dinero era infinito; olvidando que la economía es la ciencia de manejar recursos escasos para satisfacer las demandas ilimitadas de la población total. Esta élite formaría parte del grupo que apoyaría una agenda ultraconservadora buscando asegurar su influencia y mantener el estatus del momento a su favor. Para su gran desgracia, la mayoría votante consistía en gente que necesitaba un alivio que los adinerados no estaban dispuestos a tan siquiera considerar. Esa fue la primera vez que el 99% se hizo sentir por encima del 1% que los atropellaba, y le concedieron la presidencia a un socialista irreverente del establecimiento conservador que causó la crisis.
Franklin D. Roosevelt, un hombre que padeció de Polio, quedó físicamente incapacitado y la vivió casi siempre con gran dolor, logró alcanzar la Presidencia de los Estados Unidos y cargó con la difícil tarea de levantar a la Nación. Su Nuevo Trato fue el vehículo de recuperación de los Estados Unidos incorporando sus conceptos de seguridad social, asistencia de salud y asistencia doméstica y económica que pusieron a trabajar a muchos que habían perdido todo con el colapso de la bolsa en 1929. Roosevelt trajo progreso con su agenda de izquierda y creó una nación más fuerte y universal en visión cultural con la llegada de inmigrantes que buscaban una mejor vida en la Tierra de Oportunidades. Pero las acciones de Roosevelt tendrían repercusiones en otros grupos y en otras naciones.
Los simpatizantes nazis en Estados Unidos tienen sus orígenes en grupos de ultraderecha que se pueden rastrear tan lejos como la Guerra Civil y la derrotada Confederación rebelde. Grupos como el Ku Klux Klan que financiaban y operaban agendas racistas y conservadoras que amenazaban con arrebatar el sano juicio a la nación con posturas inflexibles que estancaban el progreso y hubieran implosionado la nación, la misma que ellos reclamaban que querían mantener pura. Una nación pura, ¿dónde lo habremos oído antes? O mejor dicho, ¿dónde se intentaría el experimento sin frenos a la locura? Al otro lado del Atlántico en el seno de la Europa Occidental, en una nación que era cuna de sabiduría y prodigios intelectuales, una página de la historia se volvía oscura, funesta y ensangrentada con la muerte de inocentes. Alemania, en su miseria total luego de perder la Primera Guerra Mundial, buscaba a quién culpar por su desgracia. Y un Cabo veterano, sin talento ni oficio, le ofrecería como causa de la desgracia mundial aquellas razas inferiores que no merecían compartir el aire que respiraban los arios superiores. Así comenzó la locura, pero no terminó ahí.
Cuando Adolph Hitler es nombrado canciller de Alemania, la ola de odio se esparció a América donde miembros de la élite social e industrial comienzan a nutrir un sentimiento de pertenecer a esa raza superior de la que hablaba el nuevo Pequeño Cabo convertido en Líder Absoluto del Imperio de Mil Años conocido como el Tercer Reich. La autobiografía del Führer, Mein Kampf, se convirtió rápidamente en la biblia sagrada del KKK y pronto se formó un Partido Nazi Americano bajo el nombre de Federación Germano-Americana en la década de 1930, casi simultáneamente con el ascenso de Hitler al poder total.[2] La industria americana, o mejor dicho, los dueños de la misma, eran fuertemente atraídos por la retórica de Hitler que hacía grandes alardes de libertad empresarial, progreso económico y un estilo de vida limpio y libre de contaminación social que subvirtieran la pureza nacional y racial. Hay que notar que no había todavía una presencia empresarial de minoría social que se adentrara en las altas esferas económicas, aunque la agenda del Presidente Roosevelt preparaba oportunidades para que se diera tal presencia. Las universidades de renombre en Estados Unidos no se excluían de este esquema diseñado por los nazis alemanes. Estas instituciones practicaban discrimen anti-semita con estudiantes judíos y grupos de minoría, como los negros. Chanes (2010) en su artículo sobre las prácticas discriminatorias de las universidades de más alto rango en los Estados Unidos, describe cómo de acuerdo con Norwood en su libro The Third Reich in the Ivory Tower: Complicity and Conflict on American Campuses, (2009), las prácticas antisemitas incluían desde excluir a los judíos de poder ser admitidos, hasta expulsar a un estudiante que protestaba la quema de libros en Alemania durante el Tercer Reich.[3]
La influencia nazi no se limitaba a las instituciones educativas americanas. Las grandes empresas, como la IBM, fueron cómplices del Holocausto, que segó la vida de nueve millones de inocentes. En su libro IBM y El Holocausto el investigador histórico Edwin Black describe cómo la empresa americana IBM formó una alianza comercial con Hitler y su régimen para suplir los medios que expeditaron la identificación de las “razas inferiores” en Alemania y sus tierras conquistadas durante el la Segunda Guerra Mundial, utilizaron los sistemas de tarjetas perforadas Hollerith que lograron la labor hercúlea de manejar las estadísticas de manera eficiente. El proceso también deshumanizó y robó de sus identidades a las víctimas del exterminio, convirtiéndolos en meros números, como relata un sobreviviente de la pesadilla que nunca debió ocurrir. Rudolf Cheim, un judío holandés, describe como sobrevivió la tortura nazi y cómo funcionaba la maquinaria diabólica que producía el infierno terrenal llamado Bergen-Belsen. Cabe mencionar fue ahí donde ocurrió la trágica muerte de la joven judía Anne Frank, sin ella poder terminar su Diario y ver un cielo libre una vez más antes de morir. Cheim, sin embargo, lo sobrevivió y su testimonio está hoy contado en la obra de Black y en el Museo Memorial del Holocausto en Washington, D.C., el cual revela la naturaleza fría de los empresarios americanos ante la crueldad barbárica de los alemanes[4]. Thomas J. Watson, el presidente y dueño de la IBM, era un hombre frío y calculador a quien solo le importaban las ganancias que podía recoger de la agenda nazi. Para él, las víctimas del Holocausto eran solamente números que su máquina Hollerith procesaba en las tarjetas perforadas provista por su empresa a un grupo de asesinos inmorales que se glorificaban de ser héroes legendarios en una cruzada gloriosa. Nada más lejos de la verdad. Estos monstruos eran criaturas subhumanas que carecían de conciencia moral al realizar sus actos. Éstos eran unos pobres diablos que se creían dioses al escuchar las vociferaciones de un vago que nunca tuvo talento de qué hablar.
Hablemos un poco de este vagabundo fracasado llamado Adolph Hitler. Adolph Hitler nació en el pueblo de Linz, en Austria. Su apellido es asumido por su padre, Alois Hitler, debido a que se desconocía quién era su padre, o sea, quién era el abuelo paterno del niño recién nacido Adolph. Alois Hitler logró un acuerdo con el párroco del pueblo para modificar las actas bautismales para que apareciera bajo el apellido de Hitler, una variación de un apellido común de la región (Hutter, Huttlerer, Hittener, etc.). Hitler resultaba ser un apellido muy común en la región donde nació el futuro Führer.
Desde un principio, el joven Adolph estuvo inmerso en una retórica de antisemitismo y racismo de parte del sacerdote local de la Abadía de Lambach, abadía la cual lucía una esvástica en su decoración. Hitler tuvo una fijación obsesiva con la vida y obra de Richard Wagner y el cuadro heroico que pintaba el compositor con sus obras, dos de las cuales marcaron la vida de Hitler: Parsifal y Rienzi. Estas óperas, cuentan los pocos allegados a Hitler que sobrevivieron la purga del Führer—que buscó eliminar todo vestigio de su pasado como un vago y miserable que nunca sobresalió en nada—relatan cómo cambiaron al pequeño Cabo del ejército bávaro en sus años de juventud con sus imágenes vívidas y épicas. En la realidad, esta purga fue necesaria para Hitler reinventarse como un enviado de la Providencia, pues cualquiera que raspara solo un poco la superficie frágil de la imagen del Führer encontraría una miseria de criatura que no constituía nada en su sociedad. Hitler necesitaba tener una imagen fuerte e invencible de sí mismo para comandar las masas que le pedían la redención de Alemania como nación y como raza. Y gracias a la maquinaria política del Partido Nazi, eso fue lo que consiguió y consumó en su ascenso al poder.
El factor psicológico fue clave para gana elr poder en Alemania y en otras partes del mundo. Los colaboradores del Partido Nazi fuera de Alemania, no todos eran motivados por el dinero. Henry Ford, el padre de la industria automotriz americana, era un conocido antisemita que admiraba la iniciativa de Hitler de catalogar y aislar para remoción permanente a los judíos. Ford es el autor de la obra infame The International Jew, The World’s Foremost Problem, donde señala que el judío es el artífice de la guerra y que buscaba lucrarse de los estragos de la violencia global.[5] Ford se demostró como un amigo de Hitler al ser el único americano mencionado en su autobiografía, Mein Kampf, en la siguiente cita: “Son los judíos quienes gobiernan las fuerzas de la Bolsa de Valores en la Unión Estadounidense. Cada año les convierte más y más en los maestros que controlan a los productores de una nación de 120 millones. Pero para la furia de ellos, sólo un hombre, Ford, todavía mantiene la total independencia.”[6] Las lealtades de Ford fueron más evidentes cuando su fábrica de motores Merlin, utilizados por la Fuerza Aérea Británica, fue un atraso para el esfuerzo de guerra aliado debido a los defectos intencionales de Ford en la producción de los componentes de motor requisados por el ejército. El hecho mas condenado por la comunidad global fue que la división alemana de la automotriz Ford, Ford-Werke, hizo uso de 100 a 200 prisioneros de guerra para operar su fábrica en Francia como esclavos, violando de tal manera la Convención de Ginebra de 1929 en su Artículo 31 que prohíbe el uso y/o abuso de prisioneros de guerra de parte de cualquier nación en guerra.[7] Esto demuestra que a pesar de su visión empresarial y éxito corporativo, Ford fue manchado con la sangre de inocentes que él nunca conoció mas, sin embargo, los condenó a muerte por su afán de discrimen racial.
Comenzamos a ver que la nación americana, a pesar de estar dirigida a erradicar el nazismo en Europa y en el mundo, estaba infestada por la pudrición moral y humana que causó la desgracia de Alemania y que costó nueve millones de almas. Desde el inicio, Estados Unidos era la región más explotable por la inteligencia nazi. Estados Unidos, con todo su pasado e historial de racismo viejo y rancio, por su estancamiento social y económico y por sus prejuicios bien engranados en la mentalidad popular, bien podía ser un escondite de criminales nazi más apropiado que la misma Argentina, hacia donde muchos huyeron después de la caída de Berlín al final de la guerra. La inteligencia americana tuvo grandes dificultades lidiando con espías nazi debido a que estos encajaban perfectamente con el arquetipo de un buen americano patriota de la época. Todos eran blancos, limpios, y educados, con gran intelecto. Esto era lo que buscaba el empresario americano y el burócrata al lidiar con la gente. Cualquier cosa que no cumpliera este molde, levantaba sospechas para el “culto” americano.
Por este medio de análisis, se encuentra que Estados Unidos, responsable de la victoria decisiva de las naciones aliadas contra el Eje Nazi-Fascista-Japonés, fue en realidad el instrumento de la perpetuación de la pesadilla que fue quebrantada por la muerte de Hitler en la Noche de Valpurgis en 1944. Más irónico aún, la visión hitleriana de un Reich de Mil Años se buscó manifestarse en Estados Unidos cuando George L. Rockwell fundó el Partido Nazi Americano con la intención de completar el sueño macabro del Cabo de Linz en el país que lo escoltó a las puertas de Érebro en los confines del infierno. El odio y la ignorancia, que conforman el concepto de pureza racial, fue perpetuado hasta hoy por el Ku Klux Klan y por celdas de extrema ultraderecha sembradas por toda la nación. Uno de los incidentes de simpatía nazi más reciente fue el ataque terrorista en Oklahoma City por Timothy McVeigh, cuando intentó replicar los eventos descritos en la novela The Turner Diaries que producirían la caída del gobierno y el comienzo de una liberación del hombre blanco del yugo judío impuro.
Como podemos concluir, el Reich no ha muerto. Sobrevive en la forma de un cáncer ideológico en la misma nación que lo suprimió en la Guerra. La mentalidad del Reich ya estaba establecida en Estados Unidos, solo carecía de nombre e identidad formal. Se encontraba entre los hacendados sureños, entre los industriales que explotaban a otros sin conciencia ni moral, y en los fracasados que maldecían el éxito de aquellos que ellos consideraban menos; todo por un orgullo pecaminoso que los llevó a la barbarie y conducta sociopática contra otros seres humanos.
Todavía nos falta descubrir si está en nuestra capacidad evolucionar más allá de este patético tren de pensamiento como sociedad. Si no podemos, pronto pudiéramos otra vez ver y escuchar el aullido loco de las masas gritando el más temido grito pronunciado por cualquier ser humano. Que nunca más se oiga esa temida frase que escribiré como advertencia de la debilidad humana ante sus prejuicios: Seig Heil!
Bibliografía
Black, Edwin, IBM and the Holocaust: The Strategic Alliance between Nazi Germany and America’s Most Powerful Corporation. Second paperback edition. Washington, DC: Dialog Press, 2009
Adolf Hitler: Mein Kampf (traducción de Ralph Manheim). Boston y Nueva York: Houghton Mifflin, 1971, p. 639, citado en James M. Preston (2004): Jehovah’s Witnesses and the Third Reich (Los Testigos de Jehová y el Tercer Reich. Toronto (Canadá): University of Toronto Press, ISBN 0-8020-8678-0, p. 73.
Lesta, José, El enigma nazi, El secreto esotérico del III Reich, Ed. EDAF, España, 3ra. Ed. 2010, 1ra. Ed. 2003, p. 38
Norwood, Stephen H., The Third Reich in the Ivory Tower: Complicity and Conflict on American Campuses, Cambridge, Cambridge Universal Press, 2009, pp. 36-76
Wallace, Max. (2003). The American axis: Henry Ford, Charles Lindbergh, and the rise of the Third Reich. New York: St. Martin’s Press.
Wikipedia, German American Bund, (http://en.wikipedia.org/wiki/German_American_Bund), 4/23/2012
[1] Lesta, José, El enigma nazi, El secreto esotérico del III Reich, Ed. EDAF, España, 3ra. Ed. 2010, 1ra. Ed. 2003, p. 38
[2]Wikipedia, German American Bund, (http://en.wikipedia.org/wiki/German_American_Bund), 4/23/2012
[3] Norwood, Stephen H., The Third Reich in the Ivory Tower: Complicity and Conflict on American Campuses, Cambridge, Cambridge Universal Press, 2009, pp. 36-76
[4] Black, Edwin, IBM and the Holocaust: The Strategic Alliance between Nazi Germany and America’s Most Powerful Corporation. Second paperback edition. Washington, DC: Dialog Press, 2009
[5] Wallace, Max. (2003). The American axis: Henry Ford, Charles Lindbergh, and the rise of the Third Reich. New York: St. Martin’s Press.
[6] Adolf Hitler: Mein Kampf (traducción de Ralph Manheim). Boston y Nueva York: Houghton Mifflin, 1971, p. 639, citado en James M. Preston (2004): Jehovah’s Witnesses and the Third Reich (los testigos de Jehová y el Tercer Reich. Toronto (Canadá): University of Toronto Press, ISBN 0-8020-8678-0, p. 73.
[7] Wallace, Max. (2003). The American axis: Henry Ford, Charles Lindbergh, and the rise of the Third Reich. New York: St. Martin’s Press.

Leave a comment