Presencia de los arquetipos de la mitología clásica y pre-clásica
en las civilizaciones del Siglo XX en adelante
Juan Cecilio Miranda
5/7/2011
M00-06-2430
GESP 2203
Prof. O. Parrilla Sotomayor
Una civilización es considerada como tal cuando un grupo de gente se congrega en un punto fijo, establece su vivienda permanente y define sus leyes y reglamentos de convivencia. Las naciones se crean al establecer el orden dentro del grupo. Luego crecen al exportar sus leyes y lo que es más importante, su cultura.
La cultura de un pueblo consiste es la suma de las costumbres, mitos, leyendas y características endémicas de un pueblo. Esta cultura casi siempre tiene un trasfondo espiritual o religioso y determina la forma de vestir, hablar y actuar de un pueblo.
Típicamente pensamos que el génesis de la civilización ocurre en Mesopotamia con la nación de Sumer o Sumeria. Sin embargo, existen ciertas naciones que anteceden a la civilización mesopotámica. En las islas del Océano Pacífico hasta las costas occidentales del hemisferio occidental se han encontrado rastros de una civilización cuyo nivel intelectual desafía nuestra percepción del mundo antiguo. Nos referimos al Imperio Sagrado de Lemuria, también conocido como la tierra de Mu. Los lemurianos dejaron rastros de su civilización a través de todo el Pacífico antes de desaparecer misteriosamente del mapa. Estos rastros se confundieron por exploradores europeos a las islas del Pacífico y la región de Asia e India como obra de los nativos, aún cuando éstos les decían que ellos no fueron los artífices de esas maravillas antiguas.
La cultura de Oriente, aunque muy diferente que la del Occidente clásico, comparte ciertas similitudes que se manifiestan en la leyenda de Lemuria. Comencemos con la más básica, el árbol de la vida. Este arquetipo de la civilización occidental también está presente en la cultura oriental. En esta última, se narra como un paraíso terrenal es arropado por el mar y sus habitantes huyen del cataclismo. Uno de ellos llevaba un árbol bebé, hijo del árbol de la vida y llevó este arbolillo infante hacia el Tíbet, donde lo sembró en la colonia lemuriana de Shamballa, o Shangri-La. En occidente, en el libro de Génesis, se hacen referencias geográficas al Jardín del Edén con menciones como “al oeste del Edén”, o “al norte del Edén.” Estas referencias son hechas usando un punto geográfico perdido en actualidad para ubicar poblados. Lo interesante es que las culturas antiguas siempre hablan de seres superiores y así vamos a nuestro próximo arquetipo, los dioses.
Toda cultura tiene una interpretación de lo divino–incluso los ateos quienes reverencian la ciencia y el método científico de comprobar todo. Pero las culturas antiguas eran altamente espirituales. En la antigüedad se buscaba el favor de lo divino en cualquier empresa. Nada podía proseguir sin la aprobación de los seres superiores y ninguna guerra era ganada sin la bendición de las deidades. Lamentablemente, aquellos a quienes se les confió el transmitir la voz divina cayeron en la práctica de la avaricia, perdiendo así la guía divina.
Esta avaricia no se limitó a la era clásica del occidente sino que se manifestó desde la Edad Media en adelante por las sectas cristianas. Se usó la fe de los que añoraban una mejor vida para adoctrinarlos en la obediencia ciega y muda a merced de la voluntad de los pocos que comprendían estas técnicas sutiles de poder. Esa espiritualidad se ha ido desvaneciendo con el tiempo y esto nos ha llevado a nuestra debacle social actual.
Hoy en día nos enfrentamos una nueva cultura y civilización. La deidad moderna es el dinero, la ignorancia espiritual la virtud favorita. La avaricia ha pasado de ser pecado a ser casi una virtud. Otros la consideran como el vehículo de la auto superación. Nos tenemos que preguntar, ¿así queremos vivir? Es hora de deshacernos de los arquetipos modernos y mirar a la sabiduría que hemos ignorado por tanto tiempo.
Abracemos nuevamente el amor a lo espiritual y amor a la sabiduría. Hemos ignorado las palabras de los filósofos, desde Aristóteles y Platón hasta Kant y Nietzsche. No sigamos a ciegas, como el ganado, la campana que tañen los que tienen fortuna. Pensemos por nuestra cuenta y formemos nuestra propia cultura basada en virtud y espiritualidad, respetando nuestro entorno como se hizo en antigüedad. De esa manera, crearemos una nueva y mejor civilización.

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