Estado social, gubernamental, económico y político de la Unión Soviética durante la primera mitad del régimen de Josef Stalin, (1925-1945)

HIST 3075  –  Historia de Rusia de Siglo XIX a Siglo XX

Profesor Pablo J. Hernández González

Juan Cecilio Miranda Pedrosa   –   M00-06-2430

La Revolución Bolchevique fue un evento que finalizó la vida de un régimen absolutista bajo el puño de hierro de los zares con la promesa revolucionaria de una vida mejor, con igualdad y una vida comunal donde no existirían divisiones de castas.  Esa promesa idílica garantizaba que nunca más se escucharía el sonido del látigo contra el lomo del siervo, ni que su cansada espalda llevaría nunca más un peso insoportable.  La vida sería una de alegría y camaradería entre todos los rusos.  Esa promesa fue tan falsa y vacía como los casquillos de las balas que dieron muerte al zar y su familia al caer las víctimas a su humilde fosa y los casquillos al suelo de la mina que sería la última tumba de los Romanov.  La Revolución Bolchevique fue una continuación casi ininterrumpida de la vida bajo el zarismo absolutista, con ciertas diferencias que deben ser notadas y consideradas en este trabajo y por el historiador que investigue esta parte de la historia.

El primer cambio notable fue la cesión y el abandono del culto hacia la religión que dominaba al momento el Imperio Ruso de los zares: la Iglesia Rusa Ortodoxa que formaba parte del triunvirato de poder en la Rusia de los Romanovs.  Los revolucionarios rusos tenían cierta justificación histórica para abandonar la fe nacional, pues la Iglesia era partícipe en la opresión del pueblo, tanto como los zares, al reconocer que estos últimos gobernaban por decreto divino.  Esta aseveración de la iglesia significaba que estaba de acuerdo con la opresión y la discriminación clasista que imperaba en la Rusia imperial.  Para el pueblo ruso, eso se presentaba como una contradicción de los preceptos de amor y justicia de la fe cristiana.  Esa misma contradicción abrió camino a la renuncia de la fe por parte de los revolucionarios, que rechazaban las nociones de misticismo por considerarlas un instrumento de control por parte de las clases gobernantes.  El credo de igualdad total para el pueblo se convirtió en la nueva religión de los revolucionarios. Los nuevos dioses que ahora seguían traían con ellos sus propios textos sagrados y su propio clero que lo interpretaba a las masas.  El domingo de misa fue sustituido por los mítines y las congregaciones públicas del Partido Comunista donde la buena nueva de vida comunal e igualdad social debía ser predicada por todos los rusos para el bien y la salvación del pueblo del nefasto burgués—que se imponía por medio de su biblia y sus misticismos que, para los bolcheviques, representaban los medios para ejercer control sobre las masas.  Tales artificios eran innecesarios en una sociedad comunista, y de hecho, los revolucionarios fueron los primeros en emplear esta forma de doble pensamiento orwelliano al renunciar a la iglesia y aferrarse a sus nuevos dioses.  Uno se pregunta, ¿Quiénes eran estos nuevos ídolos sagrados del comunismo?  La respuesta, los gestores de la Gran Revolución del Proletariado, comenzando por quienes lo concibieron, Karl Marx y Friedrich Engels.  No obstante, ellos serían recordados como dioses menores por la nueva iglesia comunista, la que predicaba el culto al ideal esbozado por los héroes y luego, mártires de talla épica; a través de la maquinaria propagandista soviética que ellos mismos crearon con el fin de derrocar al Zar.  Nadie podía en ese tiempo predecir que tal maquinaria sería usada por un solo líder para crear lo que se conoció como la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas.  El oso ruso de color rojo comunista que nació en los fuegos del Octubre Rojo murió más tarde en las vísperas de la sociedad globalizada, que dejó obsoleto al comunismo soviético frente las relaciones internacionales.  De hecho, las pocas naciones comunistas que quedan en el mundo contemporáneo no obedecen a los principios de Marx y de Lenin.  Son tiranías cuyo único fin es mantener vivo al tirano y en el poder–como es el caso de Cuba–y consagrar el linaje del tirano–como en el caso de Corea del Norte–para mantener su control inalterado sobre el pueblo oprimido.

Con el ascenso de Josef Stalin al poder en Rusia se nota un segundo factor de cambio en el gobierno ruso.  El cambio hacia un líder activo que era conocido por el pueblo tanto como por el Partido.  Un líder que no necesitaba ostentar un título oficial para ejercer su autoridad, que excede la supremacía sobre un pueblo más allá que el mismo Rey Sol de Francia, Luis XIV, quien fue el primero en decir “El estado soy yo”.  Josef Stalin era el dictador que no se consideraba un dictador, aunque su palabra era ley una vez pronunciada su decisión sobre cualquier asunto de gobierno.  Decimos que Stalin no se consideraba un tirano por las entrevistas con Eugene Lyons en el 23 de noviembre de 1930 en las oficinas del Partido Comunista en Moscú (Hyde 1972)[1].  En dicha entrevista, Stalin defiende el ideal del sistema socialista de un gobierno de participación ecuánime donde las decisiones del Estado son tomadas en un ambiente de compromiso y de comunicación franca y sincera.  La realidad era todo lo contrario, pero en la mente de Stalin era como antes descrito, por un motivo psicológico.  En su mente, Stalin tenía la idea de que sus palabras no eran suyas, sino la voluntad del colectivo del Partido.[2]  Esto fue explicado, no a Lyons, sino al entrevistador alemán Emil Ludwig, a quien Stalin ofrece una magna descripción de cómo funciona el gobierno soviético con detalles minuciosos y específicos[3].  El proceso intrínseco de la toma de decisiones, según Stalin, describe un sistema que tiene aires de socialdemocracia dentro de una visión algo más conservadora de las ideas de Lenin.  Sin embargo, este idílico sistema nunca existió en el gobierno de Stalin.  Todos los diálogos y todo el debate descrito por Stalin no ocurrían en el gobierno, sino en su proceso mental al tomar sus decisiones. No obstante, los paneles de expertos que mencionaba Stalin sí existían.  La diferencia es que el dictador ruso no siempre, y mejor dicho, casi nunca consideró sus opiniones seriamente.  Al contrario, Stalin comenzaría a sentirse amenazado por aquellos que tenían más intelecto y escolaridad que él.  La solución que buscó para remediar su falta de confianza tuvo su origen desde su primera rivalidad con Lev Bronstein–el legendario judío comunista mejor conocido como León Trotsky, a su vez el mejor amigo de Nikolai Ulyanov, fundador del estado soviético, mejor recordado como Vladimir Ilyich Lenin–durante el periodo de gestación del comunismo ruso y el nacimiento de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas.  La solución de Stalin era la eliminación total de Trotksy del panorama político y personal.  Stalin era experto en remover obstáculos a su visión política y como tal, esa visión despótica lo llevó a la eliminación de millones de personas que, por una causa real o imaginada, fueron exiliadas y/o ejecutadas bajo órdenes de Stalin.

Aquí entra el primer factor mencionado en esta investigación.  La Revolución Bolchevique elimina el culto a la fe mística, pero adopta el culto a la figura política.  Las primeras señales de esta tendencia son el remplazo de las imágenes pertinentes no solo al zar, e incluyó la destrucción de íconos e imágenes religiosas y la confiscación de los tesoros de la Iglesia Ortodoxa.  Estas reliquias que ofrecían alivio espiritual fueron forzosamente sustituidas por la retórica de Marx y en mayor frecuencia, de Lenin.  Fotografías de Marx fueron el adorno principal que inicialmente decoraban las salas y oficinas del nuevo gobierno comunista.  Estas fotos serían luego eliminadas y sustituidas por fotos de Lenin, quien cada vez más era mistificado por los propagandistas soviéticos.  El efecto de colocar una figura como Lenin como un Moisés o un Cristo era usado para galvanizar la base del partido y promover la causa Bolchevique como un movimiento parecido a los caballeros templarios cabalgando por el noble ideal de rescatar la cuna de su fe de un mal abominable.  Para los Bolcheviques eso significaba el rescate de su patria y su pueblo de las garras de un gobierno clasista y opresor; lucha que era liderada por su salvador, que renegaba de todo dios y declaraba un ideal como su principio moral y religión.  Ese salvador era Vladimir Ilyich Lenin, pero su legado sería tomado por Josef Vissarionovich Dzhugashvili, el hombre de hierro georgiano que sería recordado por la historia como Josef Stalin.   Stalin tomaría la figura de Lenin, quien sólo duró seis años en el poder, y la convirtió en un vehículo para llevar a cabo sus planes.  Esto fue durante y después de su choque con Trotsky, pues Stalin se dedicó a desacreditar a Trotsky, promoviendo la idea de que Lenin favorecía y confiaba más en él (Stalin) que, en Trotsky, quien fuera su compañero en el exilio antes de la Revolución.  Stalin fue el pionero en el uso de imágenes fotográficas para promover sus ideales, y utilizó los talentos de expertos en la ciencia de fotografía para lograrlo.  En todos los edificios de gobierno y en los más importantes en las ciudades más grandes de la Rusia soviética, sus exteriores eran cubiertos por mantos que tenían plasmados el rostro de Lenin como recordatorio de que, aun cuando el pionero había cesado de vivir, la lucha del proletariado soviético no había concluido ni concluiría hasta que la opresora clase burguesa fuera eliminada del panorama global.  Gracias a Stalin, Lenin dejaría de ser un mero hombre, un simple revolucionario local de influencia europea, y se convertiría en mártir, filósofo, fuente de inspiración ideológica para todo fiel comunista proletario. Con el ascenso de Stalin comienza el culto a la figura política de los pioneros comunistas revolucionarios.  El comunismo deja de ser una filosofía política y social y se va transformando en lo que Stalin había repudiado desde sus inicios: una religión.

El comunismo como una pseudo-religión que actuaba como el pilar moral, ético y hasta cierto punto espiritual, de una sociedad que había rechazado la institución religiosa buscando su liberación de la opresión sufrida por siglos, no difiere de ninguna otra religión en su manejo y operación.  Sus requisitos son los mismos: un pueblo de fieles que reciban y soliciten una guía de cómo vivir correctamente, y un clero que administre la doctrina de manera coherente y entendible a ese pueblo.  Este clero es a su vez dividido en jerarquías estratificadas que se reparten entre sí la labor y el poder.  En la cima de las jerarquías está ubicado el consejo de ancianos sabios y su líder pontífice que dirige a su conveniencia todo el andamiaje inferior.

En el caso del comunismo soviético, el clero era mejor representado por los propagandistas y educadores políticos que instruían a las masas en las revelaciones del Partido Comunista, con una promesa de mejorar sus vidas.  Por encima de estos educadores y propagandistas se ubica lo que quizás es la institución icónica del gobierno soviético bajo Stalin: la interminable burocracia que tropieza sobre sí misma por su envergadura y su control aplicado a todo aspecto de la vida del pueblo.  Aquí entra el mayor elemento que define la vida política y gubernamental de Rusia, es decir, Stalin mismo.  Stalin era el juez, era el dirigente, era el árbitro de todo el aparato político ruso.  Si Stalin se ausentaba de su oficina, el gobierno soviético literalmente carecía de cerebro para funcionar.  La ocurrencia de esto no era infrecuente, sucedía cada vez que Stalin se retiraba a su dacha, o villa fuera de la ciudad.  Debido a que el dictador, que no se creía dictador, dictaba que no debía ser molestado en ninguna circunstancia durante su descanso fuera de la oficina; todo asunto, queja, o agenda quedaba en suspenso, pendiente el regreso del humilde funcionario público que argumentaba que él era solo parte del engranaje mayor.  Quizás lo era, solamente parte del engranaje, pero él era la pieza mayor y no había designado un repuesto en su ausencia.  ¿Por qué habría de hacerlo, si el nivel de poder que tenía era tan abarcador, y Stalin se conocía por su paranoia y sus complejos de inferioridad ante los más letrados que él, como Trotsky?  Si hubiera designado un alterno con suficiente autoridad como para tomar decisiones en su lugar, tal vez ese alterno hubiese bebido el licor embriagante del poder absoluto y soñaría con un mundo sin Stalin.

Para calmar sus paranoias, o quizás para mantenerlas justificadas ante otros, Stalin se dedica a la tarea de crear su secretariado personal. El nombre de esta rama personal del gobierno de Stalin se conocía como la Sección Especial Secreta Política de Seguridad del Estado (Hyde 1972)[4], denominada la Sección Especial por referencia entre los que ésta investigaba.  Stalin había dedicado años a formar este secretariado personal, conocido como “el Secretariado del Camarada Stalin.  Ésta era su policía secreta personal que investigaba a cada miembro de los comités y departamentos de su gobierno.  Además de espiar las vidas de todos los cercanos a Stalin, dentro del Partido y fuera entre los civiles, el secretariado de Stalin se encargaba de preparar borradores de leyes y resoluciones presentadas a los comités centrales del gobierno soviético, o sea, el Secretariado del Comité Central, el Politburó y el buró de organización política y administrativa, el Orgburó. Según Hyde, la suerte y destino de cada miembro del Partido, desde un secretario provincial local, que no tenía ni podía aspirar más allá de su puesto, hasta un comisario dentro del gobierno central, vestido de poder y autoridad, todas sus vidas dependían de las recomendaciones del “secretariado del Camarada Stalin” y el cedazo final del temido líder, o como se referían a Stalin, el Vohdz.

Si bien la idea inicial de crear un estado sin distinciones sociales y una mayor libertad de movimiento en público, con la llegada de Stalin la opresión de las masas aumentó y la indagación de la policía secreta en la vida del individuo y del funcionario se elevó a nuevas alturas de desprecio.  Sin embargo, ese desprecio jamás era expresado, después de todo, Siberia es muy grande y nunca hay demasiada gente en Siberia.  Ese era el pensamiento de Stalin.  Siberia es grande, pero su frio elimina cualquier problema de población que existiere con los condenados por Stalin, ese era el pensamiento del dictador.  El frio, o una bala, o el trabajo forzado, todas eran la solución para los problemas de Stalin con alguien que le disgustara o se opusiera a sus órdenes.  Pero los planes de Stalin no solo cobrarían las vidas de sus opositores, sino también las de millones de inocentes.

Stalin nunca se detuvo en su reino del terror al sentenciar gente a morir. Su sed de sangre humana y el nefasto tributo de obediencia total a su voluntad venían desde su niñez y de su recuerdo de haber sido golpeado por su padre.  Dorothy y Thomas Hoobler toman una cita del mismo Stalin a estos efectos.[5]  “El mayor placer es marcar el enemigo de uno, prepararlo todo, vengarse completamente, e irse a dormir.”   Josef V. Stalin (Hoobler 1985)[6]

Durante el reino de Stalin es curioso que el dictador, que no se consideraba dictador, gobernó sin ostentar un verdadero puesto de mando oficial.  Todas las decisiones del país las tomaba Stalin, pero Stalin no era el premier, ni el presidente.  Su experiencia militar era seriamente limitada, pero era el generalísimo del inmenso Ejército Rojo.  Su experiencia en finanzas era escasa pero el firmaba todos los cheques.  Ninguna decisión era tomada sin su consentimiento, pero no tenía cargo oficial pertinente al gobierno práctico.  ¿Qué posición tenía entonces?  El cargo de Stalin no era de índole gubernamental, más era la posición más importante de la Unión Soviética durante la vida de Stalin.  Stalin ejercía el cargo de Secretario General del Partido Comunista, y la estructura del gobierno revolucionario soviético le permitió subyugar todo bajo la vista celosa del Partido, cuya misión social era la representación del pueblo no solo ante el gobierno ruso, sino ante el mundo entero.

La conceptualización de un partido representando a un pueblo, y un hombre representando al partido, había sido la marca de identidad del pueblo ruso ante el mundo desde Lenin.  La realidad es que esto era nada nuevo para la mentalidad rusa, pues solo habían sustituido el triunvirato de zar, iglesia, y aristocracia adinerada terrateniente por algo más sencillo pero que utilizaba el mismo sistema de opresión, solo que más intenso.  En este sistema solo había un elemento: el líder que como la figura bíblica de Moisés llevaría al pueblo a una utopía idílica bajo los preceptos de Marx y el socialismo.  En un principio fue Lenin, después, mediante la eliminación de  su competencia inmediata, Stalin es el gran mesías ruso venido para liberar al oprimido.  Lo cierto es que Stalin no merece ser llamado mesías bajo ningún concepto teológico o filosófico.  Stalin jamás llenó los criterios para ser llamado un mesías, pero eso no fue obstáculo para los propagandistas que enaltecieron su imagen a proporciones épicas.  La idea de un dirigente de un pueblo siendo el representante simbólico de ese pueblo no sería usado por Stalin únicamente.  En Alemania ese concepto fue adoptado por Adolfo Hitler en su famosa declaración, “El Führer es el partido y el partido es el Führer”, con la misma brutalidad que Stalin la utilizó en Rusia.  Las similitudes entre Hitler y Stalin son muchas y nos ofrecen una imagen de comparación de déspotas de ideologías opuestas utilizando los mismos mecanismos maquiavélicos para asegurarse el poder.

Si bien podemos decir que Stalin era el gobernante indirecto de la Unión Soviética, la pregunta es, ¿quiénes eran sus títeres y cómo eran movidos por este gran titiritero nacional? Lo primero que hay que conocer es que Stalin no siempre fue el titiritero que controlaba todo.  Su experiencia en manipulación tras bastidores no hubiera sido posible si no hubiese estado en peligro de perderlo todo en un punto crítico.  El tirano georgiano solo consolidó el poder una vez había eliminado no solo a sus enemigos, sino a aquellos que lo habían ayudado y salvado, pues ellos podían haber usado eso como ficha de negociación–y Stalin no acostumbraba a negociar una vez su poder era consolidado.  El ascenso de Stalin viene a tener efecto cuando Lenin fallece, aunque estuvo en peligro de perderlo todo.  La muerte de Lenin no fue la garantía del ascenso de Stalin, más bien fue lo opuesto.  Stalin casi pierde todo lo que había conseguido a través de Lenin al cometer el grave error de amenazar a la esposa de Lenin mientras éste todavía estaba vivo.

Según Hoobler, Stalin había convencido a Lenin que Georgia, tierra que vio nacer a Stalin, era un riesgo para el estado soviético por ser gobernado por los Mencheviques[7].  La ironía de esto era que muchos de estos Mencheviques eran viejos amigos y conocidos de Stalin, demostrando que para el Vohdz no hay amigos, solo material utilizable para los fines de Stalin.  El hecho que Stalin movilizara efectivos Bolcheviques para realizar un golpe de estado en su tierra natal era claro indicativo de su sed de poder, pero puede ser visto desde el punto psicológico como otro gesto de venganza contra su padre abusivo.  En sí, puede verse como una declaración de poder contra alguien que ya no podía escuchar ni reaccionar a tales cosas, pero para Stalin era otra guerra con sus demonios internos.  Cabe mencionar que según Hoobler, para Stalin el partido era su placebo contra todo el sufrimiento y la amargura de su vida.  Su primera esposa, Caterina Svanidze, también era de Georgia y era posiblemente, aparte de su hija producto de su segundo matrimonio, la única mujer que suavizó su corazón de piedra fría. Así la describió Stalin en sus propias palabras en el funeral de Caterina Svanidze, como su primer y quizás único amor romántico.  Después de su muerte, Stalin se dedicó totalmente a la tarea de consolidar su vida en las metas del Partido Comunista, que con el tiempo se vuelven sus propias metas.  Las metas del Partido, la Revolución y los sueños del pueblo soviético se volvieron cada vez más los designios de un seminarista georgiano que había perdido su fe en todo, incluso en su mentor, Lenin, quien fue su héroe desde el principio.

Su relación con Lenin fue el catalítico que impulsó su ascenso al poder, pero no fue lo único.  Stalin tenía la increíble habilidad de encontrar las debilidades de sus oponentes y utilizaba esto para planificar su destrucción.  También seguía el lema “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” para reclutar aliados contra sus opositores políticos.  Pero sus planes de llegar al poder fueron puestos en peligro con su episodio con la esposa de Lenin.  Debido a esto, Lenin redactó un “testamento” en el cual el líder de la Revolución Bolchevique, héroe y visionario de una nueva era socialista mundial recomendaba que Josef Stalin fuera removido de su cargo de Secretario General del Partido[8] por ser “demasiado crudo” según Lenin.

En ese momento se definieron las líneas del campo de batalla.  En una esquina estaba León Trotsky, el amigo intelectual más cercano al fallecido Vladimir Ilyich Lenin,y la persona que compitió más directamente con Josef Stalin por el poder absoluto sobre el pueblo ruso.  Trotsky cuenta con pocos amigos dentro del Partido que tengan suficiente influencia para sostenerlo, debido a que Trotsky es un intelectual letrado en medio de campesinos que no pueden seguir su ejemplo.  Muy al contrario, lo desprecian, pero su cercanía a Lenin lo protegió de cualquier ataque.  Por lo menos mientras Lenin estaba vivo, claro está.  Después de la muerte de Lenin, los enemigos de Trotsky comenzaron a movilizarse.  Trotsky todavía tenía algo a su favor, su popularidad con el pueblo producto de sus años al lado de Lenin en la batalla revolucionaria.  También tenía su récord de ensayos políticos y sus discursos energéticos, pero éstos últimos fueron casi todos eliminados por Stalin.  Sin embargo, Stalin al momento estaba seriamente comprometido por las últimas palabras de Lenin y solo le fue permitido permanecer en su puesto por la intervención de dos miembros influyentes dentro del Politburó, en el cual Stalin también ocupaba un asiento.  Como el Politburó consistía en cinco miembros, la permanencia de Stalin era asegurada gracias a Lev Kamenev y Grigori Zinoniev, los dos miembros que hicieron mención notable de la “cooperación armoniosa” entre Stalin y el comité en los meses después de la muerte de Lenin.  Esto se debe a que el testamento de Lenin fue leído en el Politburó cuatro meses después de la muerte del líder que había previamente escrito una carta a Stalin demandando que éste se disculpara con su esposa por haberla acusado de influenciarlo a contra Stalin.

Una vez que la amenaza de perder todo a causa de la furia de Lenin desde el más allá fue rendida nula por el apoyo de Kamenev y Zinoniev, Stalin nuevamente se dedicó a operar en las sombras.  Stalin usó la táctica de dejar Karmanev y Zinoniev la destrucción de la reputación de Trotsky.  Debido a su cargo como Secretario General del Partido, Stalin se encontraba en una posición envidiable pero imposible de obtener mientras el georgiano todavía estaba suspirando aliento.  Stalin era quien nombraba y aprobaba las oficinas y cargos de gobierno.  Todo el gobierno soviético giraba en torno a los designios del Partido Comunista.  El Partido era el presente y el futuro de la Revolución y la nación soviética, y por eso, Stalin era quien decidía todo dentro de la Unión Soviética.  Stalin fue capaz de ostentar el poder absoluto mientras no ejercía el cargo de máximo ejecutivo.  Aquí entran los títeres del teatro soviético para el mundo entero, mientras el gran titiritero, Stalin, tira de sus cuerdas.

Los primeros dos títeres nunca supieron que Stalin estaba calladamente manipulándolos, como todo buen títere nunca sabe su verdadera naturaleza.  Se trata de Kamenev y Zinoniev, los rescatistas de la amenazada carrera de Stalin.  Stalin se mantuvo como un espectro silente en el Politburó mientras se destruía la reputación de Trotsky, el comunista intelectual, último miembro de la vieja guardia que presentaba amenaza a las ambiciones del resto.  Durante ese tiempo, Stalin era considerado un mero oficinista que cumplía los designios de los miembros del Politburó, principalmente Kamenev, Zinoniev y Nikolai Bukharin.  Éstos estaban enfocados en hacer cumplir el mayor deseo de Stalin sin éste mover un dedo: remover a Trotsky de su posición.

Trotsky fue el blanco perfecto para las ambiciones de Stalin. Su destrucción se efectuó de tal manera, que cuando en 1925 Kamenev y Zinoniev exigían la expulsión de Trotsky del Partido Comunista, Stalin hizo una defensa críptica que bien podía ser su declaración de intención a quienes pensaron que él podía ser títere de ellos.  Stalin dijo a los miembros reunidos del Politburó, “La política de cortar cabezas está llena de peligros para el Partido…hoy cortan una cabeza, mañana otra, luego una tercera: ¿Quién quedará en el Partido?”[9] Stalin obviamente había ya hecho el cálculo de esa ecuación política.  Al final solo quedaría Stalin, y eso era lo que él quería más que cualquier otra cosa.  Eso permitiría que él plasmara su visión sobre Rusia con la sangre de sus oponentes y del pueblo ruso por igual.  No hay mejor rojo para pintar el comunismo que la sangre de un pueblo entero como tinta de amargura, dolor y sacrificio.  Y Stalin iba a demostrar qué buen pintor podía ser con tanta sangre roja comunista.

Con su base de poder consolidada, Stalin comienza el primer Plan Quinquenal que tenía como meta la colectivización de la economía agrícola, entre otros designios.  Ahora el Estado estaría a cargo de la economía y de la producción de bienes esenciales, pero existía un problema fundamental con los planes de Stalin.  Su visión era una de un país modernizado a velocidad relámpago.  La población rural consistía en campesinos y siervos libertos de hace dos generaciones solamente y en algunas áreas apenas se había emergido totalmente de la cultura feudal que fue la norma por siglos.  La colectivización de las fincas fue resistida tenazmente por un grupo de campesinos acaudalados conocidos como los Kulaks. Stalin decidió recurrir a su vieja táctica de dividir y conquistar para lidiar con los problemáticos campesinos.  Las tierras de los Kulaks fueron confiscadas y absorbidas en fincas colectivas bajo el Plan Quinquenal.  Los kulaks no eran el único problema. Stalin se encontró con campesinos que rehusaban entregar sus tierras a las fincas colectivas.  La respuesta de Moscú fue clara y extremadamente brutal.  El ejército y la policía secreta fueron enviados al campo a obligar la entrega de las tierras campesinas y la integración de los campesinos al nuevo sistema.  El poblado ofreció resistencia pasiva y activa contra el gobierno. La respuesta de Stalin fue inequívoca, las fincas resistentes fueron destruidas hasta los cimientos y millones de campesinos fueron ejecutados o deportados hacia Siberia, donde de acuerdo con Stalin, siempre había espacio y ahora también, trabajo, pues los exiliados debían ser puestos en campos de trabajo forzado.  Esta idea fue copiada por Hitler en sus planes para lidiar con los judíos y opositores a su régimen de terror.  El derramamiento de sangre, sin embargo, le costó caro a Stalin.

Los campesinos quemaron sus campos y mataron gran parte del ganado antes de que el Estado pudiese entrar y asegurar los campos.  Las pérdidas eran de cifras astronómicas y no fue hasta la década de los ‘50 que la densidad poblacional del ganado fue restablecida a los niveles antes del primer Plan Quinquenal.  Esto le provocó un dilema imprevisto a Stalin.  Ahora que les había cortado las cabezas a sus oponentes, ¿A quién podía culpar por las decisiones que él tomo sin consultar a nadie?  ¿Quién podía perder su cabeza después de este desastre gubernamental?  Stalin había dado las órdenes, el plan fue hecho por él, y la respuesta a la resistencia fue emitida por él.  Por lo tanto, se podía haber entendido que Stalin era el responsable y sus oponentes hubieran tenido base para destronarlo y despojarlo de su autoridad.  Stalin hubiese sido obligado a defenderse en una corte de justicia y hubiese tenido que renunciar a su cargo.  Todo esto debió tomar lugar, pero la realidad es que Stalin era intocable.  Era invulnerable ante toda acusación por varios motivos.  Primero, él había hecho ejemplo público de las consecuencias de oponerse a él con las purgas de 1930 y, anteriormente, con la eliminación de Trotsky.  Segundo, él se había rodeado de sus títeres, las personas nombradas a cargos en el gobierno y las cortes usando su poder como Secretario General del Partido Comunista.  Por último, gracias a su Sección Especial, Stalin tenía suficiente información en sus manos que comprometían a todo el aparato gubernamental.  Esto garantizaba que Stalin nunca tuviera que admitir error alguno de su parte.

Stalin se despojó de toda la culpa del desastre agrícola colocando dicha culpa en los miembros del partido que llevaron a cabo sus órdenes.  En su artículo “Mareados por el Éxito” publicado en el diario oficial del Partido Pravda, Stalin declara a favor de los campesinos diciendo que los miembros del partido no entendieron las directivas emitidas por él.  Stalin declaró que las fincas colectivas no deben ser instituidas por la fuerza y que intentar hacerlo era un acto de estupidez por parte de los miembros del partido “mareados por el éxito de la Revolución”.

Pese a las pérdidas económicas y humanas, Stalin informó al Comité Central del Partido que el primer Plan Quinquenal fue un éxito cumpliendo sus metas casi un año antes del tiempo límite.  Pero el éxito tuvo un costo altísimo pues la nación fue arropada por una hambruna por la destrucción de tanto ganado y la pérdida de gran parte de la cosecha.  Stalin se veía en una posición difícil, pero mantuvo su curso.  El ambiente en toda Rusia giraba en torno a las decisiones de Josef Vissarionovich Stalin y las consecuencias a las que él reaccionaba.

Ciertamente el escenario político de la primera mitad del mandato de Josef V. Stalin fue uno que se puede comparar a la novela de George Orwell Animal Farm[10], pues todos los personajes del libro son casi reflejos de Stalin y su séquito. El personaje de Napoleón en la obra de Orwell es el mismo Stalin, con todas sus mañas y su falta de escrúpulos para conseguirlo.  Snowball es León Trotsky, el revolucionario que traza un gobierno de leyes fieles a la doctrina de igualdad entre todos, envidiado y odiado por Stalin, que dentro de su ser más profundo reconoce que Trotsky es dotado en formas que él nunca fue.  Igual que Snowball, Trotsky es eliminado por Stalin quien, igual que Napoleón, comienza a convertirse en el mismo demonio que juró eliminar.  Stalin se vuelve un autócrata con poder supremo incuestionable sobre las personas que esperaban ser liberadas de la opresión.  La obra de Orwell es una caricatura demasiado parecida al régimen de Stalin, y éste era la motivación de Orwell, evitar que el mundo olvide cómo un autócrata es creado bajo el estandarte de la libertad e igualdad.  Si alguien manchó el ideal del socialismo como fue expuesto por Karl Marx, no fue Lenin, ni tampoco Trotsky.  Ambos modificaron el sistema de Marx para acomodarse al pueblo ruso y sus necesidades.  Stalin inundó ese sueño con la sangre de millones, efectivamente convirtiendo el marxismo en tema tabú para muchos y cuco político del ala derecha ultraconservadora que tilda a todo liberal de comunista, sin entender las raíces del marxismo.  Ése es el legado de Josef Stalin: el diseño de una autocracia absolutista.  Su modelo es seguido todavía por todo dictador moderno.

Nosotros debemos aprender a silenciar su grito de poder.  Esa es nuestra misión. Enterrar para siempre a Stalin, y conocer la política de la igualdad y el estado benefactor balanceado por el poder del pueblo.

Todo Stalin debe ser silenciado antes de que su retórica nos condene.  Esa es la lección de Stalin. Haremos bien en recordarla.

Bibliography

Hoobler, Dorothy and Thomas. 1985. World Leaders Past and Present, Joseph Stalin. New York: Chelsea House Publishers.

Hyde, H. Montgomery. 1972. Stalin: The History of a Dictator. New York: Hartford Productions.

Orwell, George. 1946. Animal Farm. London: Penguin Group.

[1] Hyde, H.M., Stalin, The History of a Dictator, New York, 1972, pág, 249

[2] Ibid, pág. 249

[3] Ibid, pág. 249-250

[4] Hyde, H.M., Stalin, The History of a Dictator, New York, 1972, pág. 239

[5] Hoobler, D., Hoobler, T., World Leaders Past and Present, Joseph Stalin, New York, pág. 60

[6] Ibid.

[7] Hoobler, D., Hoobler, T., World Leaders Past and Present, Joseph Stalin, New York, pág. 42

[8] Ibid, pág. 46.

[9] Ibid, pág. 51

[10] Orwell, G. Animal Farm, London, 1946.

Leave a comment